El coche que llevaba a Natália se detuvo frente a la pequeña clínica de la finca. Ella dudó antes de bajar; sentía el corazón oprimido, como si el simple hecho de entrar en aquel lugar fuera el comienzo de una despedida que no quería dar.
Carlos seguía en observación. El médico había insistido en que pasara la noche allí debido al golpe en la cabeza. Al verlo tumbado, con el brazo inmovilizado por el dislocamiento —el médico ya se lo había recolocado y, afortunadamente, no había fractura—, pero