Fernando subió las escaleras con paso firme, el sonido de sus botas resonando. Su rostro reflejaba una expresión tormentosa. Al cruzarse con Iván, ni siquiera aminoró el paso.
—Asegúrate de que mañana ella esté fuera de la finca —ordenó, con voz cortante como una cuchilla.
—Sí, señor —respondió Iván, tragando saliva.
Los sirvientes se dispersaron en cuanto lo vieron atravesar el vestíbulo. El aire parecía denso, casi eléctrico. Fernando empujó la puerta del despacho, encendió solo la lámpara de