El coche avanzaba por la sinuosa carretera, y la finca ya había quedado atrás hacía mucho tiempo. El sol descendía perezosamente por el horizonte, tiñendo de dorado las colinas que se perdían en la distancia. Cada curva parecía arrancarle un pedazo del corazón a Natália, como si la carretera la llevara no solo lejos de un lugar, sino fuera de la vida de su gran amor.
Ella mantenía la mirada fija en la ventana, pero no veía nada. Los árboles, los campos, las vallas que pasaban rápidamente, todo