Dentro de la cabaña, el silencio era casi palpable.Natalia permaneció inmóvil, con la mirada fija en la pared donde aún resonaba, lejano, el sonido de los puños de Fernando golpeando con fuerza. Su respiración era entrecortada, temblorosa. Intentó levantarse, pero las piernas le fallaron. Con esfuerzo, tiró de la tela rasgada de la blusa e intentó cubrirse.En el suelo, el broche brillaba, frío y solitario. Natália lo miró fijamente por un instante, pero no se atrevió a tocarlo.En lugar de eso, ya iba a recoger la ropa esparcida por el suelo.Fue entonces cuando se abrió la puerta y Fernando había regresado.Ella se detuvo, con todo el cuerpo tenso. Él entró en silencio, con el rostro sombrío, la mirada baja, un hombre vacío de sí mismo.Cuando vio que ella intentaba recoger la ropa, se adelantó.—Déjame a mí que lo recojo —dijo simplemente, en un tono bajo y ronco.Sin decir nada más, se inclinó, recogió cada prenda y, con gestos lentos y vacilantes, comenzó a vestirla.Le temblaba
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