De vuelta en la casa, Fernando se dirigió directamente al ala de los empleados. El sonido firme de sus botas resonaba por el pasillo. Cuando entró, todos dejaron lo que estaban haciendo. El silencio se hizo denso; rara vez aparecía el patrón por allí, y cuando lo hacía, no presagiaba nada bueno.
Recorrió la estancia con la mirada, como si pudiera atravesar a cada uno de ellos con el simple peso de su presencia. Las criadas bajaron la vista. Uno de los muchachos del establo fingió estar ocupado,