Leila y Frederic vieron la imponente camioneta de los De las Casas alejarse por la avenida, perdiéndose bajo las luces de la ciudad. Ella lo miró fijamente, con los ojos empañados por una mezcla de rabia y desengaño, y preguntó:—… ¿Es cierto?Frederic entrecerró los ojos, fingiendo no entender la gravedad de la pregunta. Ella, conteniendo el llanto, concluyó:—Cuando andabas con Miranda y conmigo, diciéndome que solamente compartían el departamento porque lo habían pagado juntos para ahorrar, ¿tenías una aventura con su amiga?Él lanzó su saco con violencia sobre el asiento de cuero, le solicitó al chofer mediante un bufido que empezara a conducir de inmediato y respondió, visiblemente molesto:—Trabajo todo el tiempo para tu familia, no tengo tiempo para estas tonterías. ¿Acaso tú también te golpeaste la cabeza como Miranda?Leila se aferró a su vientre, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta, y susurró para sí misma en la oscuridad del coche:—No hay duda... Miranda tenía razó
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