Al terminar su desayuno, David recogió con cuidado los platos de la mesa. Su esposa lo observó en silencio mientras preguntaba si iban a salir de compras o si algún agente de ventas llegaría directamente a la mansión. David anunció que la cita los esperaba a unas cuantas cuadras de allí, específicamente en la tienda de ropa de su hermano Saúl. Ella asintió, deleitándose con la vista de su esposo, quien con las mangas de la camisa pulcramente dobladas hasta los codos, acomodaba la vajilla en el fregadero para dejar todo impecable antes de salir.—¡Oye! ¿Puedo irme a descansar hasta que termines de limpiar? —preguntó ella, arrastrada por un súbito cansancio debido al intenso esfuerzo de los ejercicios en la piscina olímpica.—Puedes tomarte unas tres horas de descanso, amor. De paso, tengo que revisar unos documentos corporativos urgentes —explicó David, mientras vertía el jabón en el lavavajillas.—No traigo puesto mi protector de rodilla, tampoco tengo aquí la silla de ruedas ni l
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