Alina se dirigió a la mansión Quiroga. Apenas la vio entrar, Abel la recibió con una sonrisa de oreja a oreja.—¿Qué pasó, mi niña? ¿Por qué llegas sola? ¿Y Oliver?Hizo una mueca de disgusto.—Se fue de viaje de negocios. Abuelo, se supone que yo soy tu nieta, ¿no te preocupas más por mí?El anciano rio de buena gana.—¡Pues sí, eres mi nieta, pero él ya es como mi nieto político! Preocuparme por uno o por el otro es exactamente lo mismo.—¡Ay, abuelo! Todavía ni nos casamos, no le andes diciendo así a cada rato.Se quejó, sintiendo un poco de vergüenza.—Bueno, bueno, ya no digo nada. Pero eso sí, tengan cuidado. Todavía falta para la boda y no se vería nada bien que salieras embarazada antes de tiempo. Más vale que se protejan...—¡Abuelo, por favor!—Ya está bien, me callo.Mientras seguían platicando en la sala, empezaron a escuchar mucho alboroto allá afuera. Abel arrugó la frente con obvia molestia.—Martín, ve a asomarte a ver qué es todo ese escándalo.La chica se levantó.—Y
Leer más