Todo pasó en menos de lo que dura un latido. Cheeto se lanzó hacia la pasarela; cayó antes de dar tres pasos. Kato disparó hacia la pantalla, hacia las luces, hacia cualquier cosa, gritando. Alina giró, se arrojó sobre Oliver con los brazos abiertos, dispuesta a recibir en su propio cuerpo lo que viniera. No la dejaron. Dos hombres la sujetaron por detrás y la arrancaron de él, y ella pataleó, mordió y aulló como un animal, pero su cuerpo no tenía la fuerza que su voluntad exigía, y por primera vez en su existencia esa debilidad la condenó. —¡Oliver! —gritó—. ¡Oliver, mírame! ¡Mírame a mí! Y él la miró. Entre el caos, las luces y el ruido, Oliver Parker la buscó con los ojos y la encontró, y en medio de todo aquello le sonrió. Una sonrisa serena, increíblemente serena, la sonrisa de un hombre que ya ha hecho las paces con lo que viene. —Está bien —leyó ella en sus labios, porque el estruendo se había tragado su voz—. Está bien. Yo te conocí y te amaré siempre. Con eso me basta.
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