Lia, encerrada en su cuarto, no paraba de llorar. Ya había hecho añicos todo lo que se podía romper, y la habitación había quedado patas arriba. —¡Mamá, no me quiero ir al extranjero! Habla con el abuelo, te prometo que me porto bien, ya nunca más voy a armar líos... ¡no dejes que me manden lejos! Lia lloraba sin consuelo. Mariza intentaba consolarla: —Ya, mi Lia, estudiar en el extranjero tampoco es tan malo; mamá te va a ir a visitar seguido, no te apures. En cuanto se le baje el enojo al abuelo, tu papá y yo te traemos de vuelta. … Al día siguiente, los empleados cargaban las maletas detrás de Mariza para llevar a Lia al aeropuerto, rumbo a Estados Unidos. Apenas salieron, se toparon con Alina, vestida con un traje sastre, lista para irse a la oficina. Al ver a Alina con ese aire resuelto y firme, Lia cayó en cuenta de que su hermana ya tenía su propia empresa, y que todas esas estrellas emergentes tan cotizadas eran de ella. Alina les echó una mirada de reojo, sin decir p
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