Sami se sentó y el maquillista empezó a batallar con su cabello y su maquillaje. Para la serie de época tenía que usar un postizo trenzado, y eso llevaba un buen rato. Impaciente en la silla, preguntó: —¿Cuánto más falta? El maquillista, apenado, balbuceó: —Ya casi, tantito más… Sami resistió con la cabeza ladeada. Media hora después, por fin terminaron con el cabello y pasaron al maquillaje; por suerte era de facciones apuestas, así que se ahorraron varios pasos. El look de época de Sami era distinto al de su anterior Damián Vela. Damián tiraba más al niño rico y consentido, un muchacho de labios rojos y dientes blancos; en cambio, Esteban del Río vestía una túnica blanca, empuñaba una espada larga y tenía el porte elegante de todo un espadachín. Durante la sesión, el fotógrafo no paraba de echarle porras. La imagen de Sami era tan buena que, con solo pararse ahí, bastaba para derretir a miles de muchachas; no había más que ver a las asistentes y maquillistas de alrededor, toda
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