El estabilizador genérico que Lucía me inyectó había adormecido el fuego en mi sangre, reduciendo la fiebre a un latido sordo en mis sienes. Estaba recostada sobre el banco de trabajo de la fábrica abandonada, cubierta por la chaqueta de traje de Adrián. Olía a él: a colonia cara, a humo y a un poder que se negaba a extinguirse.A pocos metros, bajo la luz parpadeante de una lámpara de emergencia, Adrián Varela, el hombre que hace veinticuatro horas movía los mercados financieros de medio mundo, estaba a punto de cerrar su primera transacción en el mercado negro.Sobre un barril oxidado descansaba su reloj de pulsera. Un Patek Philippe de platino, edición limitada, cuyo valor superaba el medio millón de dólares.Frente a él había tres hombres. El líder, un tipo ancho y de mirada turbia al que Santiago había contactado en la red profunda, se hacía llamar Molina. Operaba las rutas de contrabando del puerto sur. Molina miró el reloj y luego a Adrián, soltando una carcajada áspera que res
Leer más