El ático del Upper East Side se había transformado en una jaula de mármol negro y susurros de alta traición. Afuera, la silueta nocturna de Manhattan titilaba tras los inmensos ventanales de cristal blindado, pero en el interior, el ambiente estaba cargado de una quietud densa, casi asfixiante. El eco de nuestra victoria sobre los banqueros de la Mesa Redonda todavía vibraba en el aire, pero el precio de operar en las sombras como prófugos federales era una paranoia que se colaba por los conductos de ventilación.Adrián se encontraba sentado en el diván de cuero oscuro del salón perimetral. Con el torso desnudo, dejando al descubierto la anatomía rígida y marcada de sus músculos cubiertos de ceniza y cicatrices de batallas pasadas, limpiaba de forma metódica el cañón de su arma táctica secundaria. Sus movimientos eran pausados, letales en su precisión, pero sus ojos negros no se despegaban de mí ni un solo microsegundo. Estaba obsesionado con el perímetro, desquiciado por el reporte d
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