El sonido del agua al estrellarse contra el concreto de la nave industrial de Queens marcó el inicio del caos más absoluto que jamás había presenciado en los ojos de mi esposo. El rey de las calles, el hombre que acababa de destrozar a la élite financiera del mundo sin parpadear, se quedó petrificado por una fracción de segundo ante el dictamen ineludible de la biología.Otra contracción, aguda, salvaje y expansiva, me cortó la respiración. Un gemido involuntario escapó de mis labios, y eso fue todo lo que Adrián necesitó para salir del estupor.—¡A los coches, ahora! ¡Avisen a la clínica, despejen cada maldita calle de este distrito! —rugió Adrián, su voz atronando en el centro de datos con una urgencia feroz.Sin dudarlo, me levantó en brazos con una facilidad pasmosa, como si yo no pesara absolutamente nada. Su pecho era un muro de piedra agitado por el pánico, pero sus manos me sostenían con una delicadeza extrema. Mientras me sacaba a toda velocidad hacia el todoterreno blindado,
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