El fuego comenzó a devorar el despacho presidencial de Isabel con una rapidez voraz, alimentado por el barniz de las viejas estanterías de caoba y los miles de legajos acumulados durante décadas de secretos financieros. La cortina de llamas, de un azul y naranja casi espectrales, ascendió verticalmente por las paredes de piedra de la fortaleza de Terranova, devorando tapices y documentos históricos mientras el aire se saturaba de un humo denso, negro e inconfundible que reducía la visibilidad a apenas unos centímetros. En medio de ese infierno de cenizas y crujidos estructurales, Victoria Belmont soltó una carcajada desquiciada. Con el rostro crispado por el reflejo del incendio y la delgada cicatriz de su mejilla tiñéndose de un rojo vivo, contemplaba cómo el pergamino original de 1996, el maldito contrato dinástico que validaba la expropiación de todo nuestro imperio en Manhattan, se deshacía en filamentos incandescentes bajo sus botas empapadas en gasolina.—¡Elena, muévete hacia e
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