El pasillo trasero de la torre corporativa se transformó en una olla de presión absoluta. La aguja de la jeringa neumática presionaba la piel de mi cuello, justo sobre la carótida, mientras el temporizador financiero en mi tableta continuaba su descenso implacable. Veintiocho segundos. Veintisiete.Al final del corredor, Adrián se quedó congelado. Por primera vez desde que lo conocía, vi la duda cruzar sus ojos negros, reemplazada de inmediato por un terror primitivo y salvaje. Sus nudillos estaban blancos alrededor de la culata de su arma, pero el cañón apuntaba al suelo. Vance lo sabía; me estaba usando como el escudo definitivo contra el hombre más peligroso de Nueva York.—Baja el arma, Varela —siseó Vance a mi oído, su aliento con olor a antiséptico rozando mi piel—. O la verás colapsar antes de que la bolsa registre tu ruina.—Déjala ir, Vance —la voz de Adrián bajó a un registro sepulcral, un rugido contenido que hizo vibrar las paredes del pasillo. Dio un paso al frente, con l
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