El bloque C de la prisión de máxima seguridad de Manhattan olía a humedad, orina y miedo. Adrián no fue enviado a un ala de cuello blanco; el juez Arthur Vance se había encargado de hundirlo en el pozo más profundo del sistema penal. En cuanto las rejas de hierro se cerraron tras él, el silencio del pasillo fue reemplazado por los gritos y los golpes de los reclusos contra los barrotes. Los fondos de Zúrich Trust Global ya habían comprado a los guardias de turno y a los líderes de las bandas lo