El cuerpo sin vida de Silas Thorne yacía sobre la alfombra persa, sus ojos grises fijos en el techo y su rostro distorsionado por la agonía del infarto. Sin embargo, el silencio que llenaba el despacho no era de paz, sino el eco ensordecedor de su última revelación.Una hermana.Me quedé paralizada, mirando el cadáver del banquero. El aire se volvió pesado, casi irrespirable. Treinta años creyendo que estaba sola en el mundo, treinta años endureciendo mi corazón hasta convertirlo en un diamante corporativo, para que un moribundo me arrebatara esa certeza en su último suspiro.Adrián no perdió un solo segundo mirando el cuerpo. La compasión no existía en su código genético, mucho menos hacia el hombre que había intentado arrebatarnos el imperio. Sacó su teléfono encriptado mientras me tomaba de la mano, su agarre firme y cálido anclándome a la realidad.—Clara, despierta a los analistas europeos —ordenó Adrián con voz de hielo, pisando los documentos de Silas al caminar hacia la salida
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