El aire en la habitación era denso, cargado de un magnetismo que podía cortarse con un cuchillo. La revelación de Max sobre el coma de Isabella me había dejado una herida abierta en el pecho, una culpa que me quemaba las entrañas, pero tenerla aquí, bajo la luz de la luna, era la única medicina que calmaba mi rabia.La besé con una desesperación que nunca antes había sentido. No era solo deseo; era la necesidad de confirmar que estaba viva, que sus pulmones se inflaban de aire y que su corazón latía con la fuerza de una guerrera. Cuando mis labios se separaron de los suyos, mi respiración era un rugido sordo. Estaba encendido, mi cuerpo vibraba con una tensión que amenazaba con hacerme estallar.Me levanté del borde de la cama, mis ojos fijos en los suyos, y sin desviar la mirada, me baj&ea
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