Ziara despertó con una sensación distinta, no más liviana, pero sí más definida como si el día no la esperara para exigirle algo, sino para ser ocupado por ella. El primer gesto fue sencillo, no revisó el teléfono de inmediato, antes, el impulso había sido automático, correos, mensajes, alertas, la necesidad de estar disponible, de anticiparse a lo que otros pudieran necesitar de ella esa urgencia ya no mandaba se preparó café, abrió la ventana y dejó que el aire frío terminara de despertarla, la ciudad seguía allí, indiferente y por primera vez, eso le pareció un alivio.Al llegar a la oficina, notó el cambio antes de que nadie dijera nada, no en las miradas —esas siempre tardan más en ajustarse—, sino en los silencios eran distintos, menos expectantes,mas cautelosos, el tipo de cautela que aparece cuando alguien deja de ser predecible.La reunión acordada el día anterior se confirmó para media mañana,sala amplia,mesa larga, varias personas que, hasta hacía poco, habían hablado sobr
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