La mañana llegó fría, con un sol que apenas se filtraba por la ventana del apartamento de Ziara,ella permaneció sentada junto a la ventana, con la taza de café caliente entre las manos, observando la ciudad despertar. Desde su regreso, cada día traía consigo la misma sensación: el mundo seguía moviéndose a su alrededor, pero ella ya no era un simple observador era una fuerza que debía aprender a manejar, un equilibrio delicado entre decisión y vulnerabilidad.Durante semanas, Ziara había reconstruido su vida, estableciendo nuevos límites, redibujando sus prioridades y, lo más importante, reconociéndose a sí misma. El correo del aviso, la revisión de los documentos, las llamadas estratégicas, todo había sido un ensayo para lo que ahora enfrentaba, el pasado, con nombre y apellido, aparecía de nuevo, pero esta vez no como un enemigo directo, sino como un recordatorio de lo que podría haber sido.Ese día, mientras revisaba su agenda, llegó un mensaje inesperado un sobre elegante, lacra
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