Las palabras de William todavía resonaban en mi cabeza cuando colgué el teléfono aquella noche. "Ya no hables así, suenas como Laura." Me había comparado con ella. Con la mujer que nos había amenazado, manipulado, intentado destruir. Con la mujer que había fingido su propia muerte para seguir haciéndonos daño. No sé qué me dolió más: que lo dijera o que, en el fondo, supiera que tenía razón. Estaba sonando como Laura. Amargada, resentida, consumida por la rabia y la inseguridad.Pero, ¿acaso no tenía derecho? ¿Acaso no había dado todo por él? ¿Acaso no había dejado atrás mi país, mi familia, mi vida para estar a su lado? ¿Acaso no había enfrentado a sus enemigos, salvado a su hija, cargado con sus secretos? Y ahora, cuando más lo necesitaba, él estaba en Suiza, resolviendo los problemas de otra niña, la hija de su peor enemiga, mientras yo me quedaba sola en esta mansión que nunca había sentido del todo mía.Me levanté de la cama con el cuerpo pesado y la mente nublada. Lucy ya dormía
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