El apartamento en el bajo Manhattan olía a café recalentado y a mentas, ese aroma dulzón que se pega a las cortinas y a los pensamientos cuando se pasa demasiado tiempo encerrado entre cuatro paredes. Logan llevaba allí desde el mediodía, esperando a Isabel con la paciencia de un cazador que sabe que su presa terminará por caer en la trampa. Había abierto la ventana para que entrara el aire fresco de la primavera, pero el viento que venía del río traía consigo un olor a salitre y a lluvia que n