Mientras William rechazaba a Isabel en la habitación del hospital, ajeno a sus súplicas y a sus mentiras, alguien observaba desde la oscuridad. No era un fantasma, ni un enfermero, ni un visitante ocasional. Era un hombre, delgado y silencioso, que llevaba más de una hora agazapado en el tejado del edificio contiguo, con una cámara de teleobjetivo apoyada en el borde de la cornisa y el ojo pegado al visor. El viento frío de la primavera suiza le azotaba el rostro, pero no se movía. No podía. Tenía una misión que cumplir, y las misiones, en su oficio, no admitían vacilaciones.Se llamaba Marcel, y era fotógrafo FreeLancer, especializado en trabajos que otros rechazaban por cuestiones éticas o legales. No le importaba la ética. No le importaba la ley. Le importaba el dinero, y el dinero que Isabel Winchester le había ofrecido por aquel trabajo era suficiente para mantenerlo varios meses sin necesidad de aceptar encargos de revistas del corazón o periódicos sensacionalistas. Cinco mil eu
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