La noche en la mansión se volvió eterna, hecha de silencios que Antonia llenaba con la respiración de Alejandro, con los latidos de su corazón, con el eco de las palabras que había escrito en el teléfono y que no podía borrar.«No. No puedo. Perdoname.»Las letras seguían ahí, grabadas en su memoria, ardiéndole en el pecho cada vez que cerraba los ojos. Se imaginó a Noah en la cocina, con la cena enfriándose sobre la mesa, las velas apagadas, Leo durmiendo arriba. Se lo imaginó mirando el teléfono, esperando otro mensaje, otro que dijera que era una broma, que ya estaba en el auto, que en diez minutos abriría la puerta. Pero no iba a llegar. No esa noche.Alejandro dormía en la cama, con las manos vendadas, los nudillos rotos, la respiración profunda. Los médicos habían venido, lo habían sedado, habían mirado a Antonia con una mezcla de lástima y admiración. Dijeron que había sido una suerte que ella llegara, que necesitaba contención, que necesitaba que alguien estuviera con él. No d
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