El rugido del helicóptero de los Montenegro sobre el Delta no era solo ruido; era una sentencia. El viento provocado por las hélices azotaba los sauces llorones, obligándolos a inclinarse como si ellos también temieran la furia de Alejandro. Noah cargó a Antonia hacia el muelle desvencijado de la cabaña, sintiendo cómo el cuerpo de ella pesaba más con cada paso, no por los meses de embarazo, sino por la tensión que la mantenía rígida.—¡Subí, ahora! —gritó Noah, señalando una lancha de motor fuera de borda que la Red había dejado camuflada bajo una lona de camuflaje.Antonia intentó moverse, pero un dolor agudo, punzante y eléctrico le atravesó el vientre, obligándola a doblarse por la mitad con un gemido que desgarró el aire. Se aferró al brazo de Noah, hundiendo sus uñas en el cuero de su chaqueta.—Noah... algo está mal —susurró ella, con el rostro bañado en un sudor gélido.Noah la miró, y por un segundo, el arquitecto calculador desapareció. En sus ojos se reflejó un pánico prima
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