La cabaña en la que Noah se refugiaba no era una choza olvidada por el mundo, sino una pieza de arquitectura brutalista de su propia autoría, incrustada en un acantilado privado donde el océano Atlántico rugía con una furia constante. Su retiro era una elección de poder, un exilio necesario para purgar el veneno de una traición que sentía grabada en el pecho.
Desde su escritorio de nogal macizo, Noah observaba el mar. En sus tres monitores de alta resolución, los planos de un complejo urbano en