La segunda visita de Alejandro llegó sin previo aviso, tres días después de la primera.Antonia lo encontró en la puerta de la casa de Noah cuando el sol apenas comenzaba a calentar el jardín. Llevaba ropa casual, algo que ella nunca había visto en él. Un suéter gris, jeans desgastados, zapatillas blancas. Sin el traje, sin la corbata, sin la armadura que lo había protegido durante años, parecía más joven. Más vulnerable. Menos el hombre que la había humillado.—Dijiste que podía venir cuando quisiera —dijo, con una voz que no pedía permiso pero tampoco exigía.Antonia se apartó para dejarlo pasar. El niño estaba en la sala, gateando sobre una manta que Noah había extendido en el suelo. Sus ojos negros, iguales a los de Alejandro, se fijaron en el hombre que entraba. No lloró. No se alejó. Se quedó quieto, mirándolo, como si supiera algo que los adultos ignoraban.Alejandro se arrodilló. No en el suelo helado de la pesadilla de Antonia. En la madera cálida de la casa de Noah, con los
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