La noche en la mansión era un espejo vacío que devolvía la imagen de un hombre que ya no reconocía su propia vida.Alejandro llevaba semanas durmiendo en el estudio. La cama conyugal, la que nunca había compartido del todo, la que Antonia ocupaba sola mientras él se perdía en las noches con Natalia, ahora era un territorio prohibido. Entraba cada mañana para abrir las cortinas, para airear las sábanas, para fingir que ella volvería. Pero las almohadas ya no tenían su olor. El vestido que dejó olvidado en el respaldo de la silla seguía ahí, esperando, como un fantasma que no sabía irse.Esta noche, sin embargo, algo era diferente. Alejandro no podía cerrar los ojos. Cada vez que intentaba dormir, las imágenes llegaban sin aviso. No eran los recuerdos de la noche que la humilló. Eran otros. Más antiguos. Más dolorosos.El día que Antonia llegó a la mansión por primera vez.La vio en el recibidor, con su vestido blanco, sus manos apretadas alrededor de la cartera, sus ojos grandes recorr
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