Los días pasaron lentos, hechos de silencios y miradas.Antonia ocupó la habitación principal, la que daba al jardín, la de las ventanas grandes. Alejandro no entró sin permiso. No la tocó. Pero estaba. En los desayunos que él mismo servía, dejando la bandeja en la mesa sin pedir nada a cambio. En los jardines que recorría detrás de ella, a la distancia justa, sin acercarse. En las noches que pasaba en la biblioteca, con la puerta abierta, un libro en la mano que no leía, los ojos fijos en la escalera.Ella no bajaba. Pero lo veía desde arriba. Sentado en el sillón de cuero, con la luz tenue marcándole los pómulos, la mandíbula, las sombras bajo sus ojos que no desaparecían.Natalia apareció al tercer día.Antonia la vio llegar desde la ventana. El vestido rojo, los tacones altos, el pelo suelto que el viento le tiraba hacia atrás. Alejandro salió a recibirla al jardín. No escuchó lo que hablaron, pero vio los gestos. Natalia gritaba. Alejandro no. Sus brazos estaban cruzados, su cara
Leer más