El silencio en la cueva era una entidad física, densa y cargada de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos se erizara. A pesar de que el estruendo de las explosiones en el Santuario de Cristal se había apagado, dejando solo un eco sordo en la memoria, el aire seguía vibrando con la violencia de lo ocurrido. Noah, con el pecho agitado y el brazo vendado manchado de un rojo fresco, intentó acercarse a Antonia. Llevaba en sus manos la chaqueta de lana que ella había dejado caer en la huida, con la intención de cubrirla, de protegerla del frío glacial que emanaba de las paredes de piedra.Pero ella se apartó. Fue un movimiento brusco, casi instintivo, como el de un animal herido que ya no distingue entre el cazador y el salvador. Sus ojos, nublados por una mezcla de confusión, fatiga y lágrimas retenidas, lo miraron con una distancia que dolió más que cualquier impacto de bala.—No me toques, Noah —susurró ella. Su voz no era un grito, sino un hilo de hielo que cort
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