El amanecer tiñó la nieve de un color violeta trágico. Antonia no había pegado un ojo. La voz de Alejandro seguía resonando en su cabeza como un salmo hipnótico, prometiéndole el orden y la paz que su mente amnésica tanto ansiaba. Con movimientos mecánicos, vistió a Leo con capas gruesas de lana y envolvió a Nael en la manta gris, la misma que Noah decía que era un símbolo de su amor.
Para ella, en ese momento, esa manta solo era un pedazo de tela que la protegía del frío mientras huía de «su c