La Patagonia no perdonaba errores. El viento aullaba entre los picos de granito, arrastrando partículas de hielo que golpeaban los inmensos ventanales del refugio como proyectiles diminutos. Pero dentro de aquel búnker de diseño, el aire era espeso, cargado de una tensión que superaba cualquier tormenta externa.
Antonia Castillo estaba sentada frente a la chimenea, cuya llama proyectaba sombras danzantes sobre las paredes de piedra y madera noble. En sus brazos, el pequeño «Nael» dormía con una