La noche había caído por completo sobre la casa de los padres de Lenna. Las estrellas brillaban en el cielo como pequeños diamantes, y el viento movía las ramas de los árboles del jardín con un susurro que parecía cantar una canción antigua. Adentro, en la habitación, Lenna estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho, la mirada perdida en la oscuridad. Diego dormía plácidamente en su moisés, con los puños cerrados, los labios entreabiertos, la respiración profunda y tranquila.La puerta se abrió sin hacer ruido. Juan Diego entró con pasos suaves, cerró detrás de él, y se quedó un momento mirándola. La luz de la luna le iluminaba el rostro, destacando la palidez de sus mejillas, el brillo de sus ojos que parecían mirar algo que él no podía ver. Caminó hacia ella con lentitud, como quien se acerca a un animal que puede huir. Se paró a su espalda, la rodeó con sus brazos, y apoyó la barbilla en su hombro.—¿No podés dormir? —preguntó, con la voz baja.—No —re
Leer más