La sala de la mansión de Thomas parecía un campo de batalla. Los vidrios rotos del jarrón aún brillaban en el suelo bajo la luz de la mañana, los cojines seguían desparramados como cuerpos caídos, y el aire estaba cargado de una tensión que pesaba como una losa sobre cada uno de los presentes. El aroma a whisky derramado se mezclaba con el de la furia, y el silencio solo era roto por los sollozos ahogados de Anika.
Anika estaba de pie en medio de la destrucción, con las manos apretadas sobre su