La sala de la mansión de Thomas estaba en penumbras. Los vidrios rotos del jarrón ya habían sido barridos, los cojines acomodados, pero el ambiente seguía siendo pesado, cargado de una tristeza que no se iba con nada. Anika estaba acostada en el sofá, con la camisa aún levantada sobre el vientre, el gel de la ecografía ya seco sobre su piel. Las lágrimas no cesaban de caer por sus mejillas, silenciosas al principio, luego más fuertes, hasta convertirse en sollozos que sacudían todo su cuerpo.
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