La noche había caído sobre la casa de los padres de Lenna como un manto de terciopelo negro. Las estrellas brillaban en el cielo, y el viento movía las ramas de los árboles del jardín con un susurro que parecía cantar una canción de cuna. Adentro, en la habitación, todo estaba en calma.
Lenna había pasado los últimos veinte minutos acostando a Diego. El bebé había llorado un poco, se había resistido al sueño con esa terquedad que solo los niños pequeños tienen, pero al final había caído. Estaba