La mañana había llegado con un sol tímido que se escondía detrás de las nubes grises. En la mansión de Thomas, el ambiente seguía siendo pesado, cargado de una tensión que no se disipaba ni con el aroma del café recién hecho. Anika estaba en la habitación que antes compartía con Thomas, ahora sola, acostada en la cama con la mirada perdida en el techo. Las sábanas estaban revueltas, las cortinas corridas, y el silencio solo era roto por sus propios sollozos. Pero no eran sollozos de tristeza ve