La sede de la empresa de Juan Diego en el país era un edificio moderno de diez pisos, con ventanales de cristal que reflejaban el sol de la mañana. Juan Diego entró por la puerta principal con paso firme, el traje impecable, el cabello castaño oscuro peinado hacia atrás. Los empleados lo saludaban al pasar, con una mezcla de respeto y admiración que él ya conocía bien.
—Buenos días, jefe —dijo el recepcionista, poniéndose de pie.
—Buenos días —respondió Juan Diego, con una sonrisa—. ¿Cómo vamos