La noche había caído sobre Miami como un manto de terciopelo azul. Lenna estaba en su apartamento, con los pies descalzos sobre la alfombra blanca, una copa de vino en la mano, la mirada perdida en el mar que brillaba allá abajo. El teléfono estaba sobre la mesa, apagado. Pero las palabras de su suegra le resonaban en la cabeza como un eco que no quería irse.
"Su empresa se está cayendo. Necesita un inversionista. Y sé que tú puedes hacerlo."
Cerró los ojos. Recordó la primera vez que lo ayudó.