La sala de espera de la clínica era blanca, fría, con olor a alcohol y a silencio. Juan Diego caminaba de un lado a otro, con las manos en los bolsillos, los pasos marcando un ritmo que delataba su nerviosismo. Lenna había entrado sola al consultorio. Había dicho que no se preocupara, que solo era un chequeo, que en unos minutos salía. Pero ya habían pasado veinte minutos, y él seguía esperando.
La puerta se abrió.
Lenna salió con los papeles en la mano, el rostro pálido, los ojos fijos en algú