Narrado por NoahLa cena fue un suplicio de los que no se describen en los manuales de tortura medieval. Estábamos allí, sentados a la mesa de caoba maciza, bajo la mirada siempre atenta de Rosa, quien servía la sopa de cebolla con una parsimonia que me ponía los nervios de punta. El silencio en el comedor no era el silencio gélido de hace unos meses; era un silencio espeso, cargado de la humedad y el olor a piel que todavía parecía flotar entre Emma y yo.Intenté concentrarme en la comida, pero cada vez que levantaba la vista, me encontraba con sus ojos. Ella estaba allí, frente a mí, luciendo impecable en su uniforme, con el cabello recogido en ese moño tirante que yo ya sabía cómo deshacer con una sola mano. Sus labios, todavía un poco hinchados por mis besos de la tarde, se posaban en la cuchara con una delicadeza que me hacía apretar los cubiertos hasta que me dolían los nudillos.—El vino está excelente, Noah —dijo ella, rompiendo la quietud. Su voz era estable, pero vi cómo sus
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