—No te muevas —dijo la costurera, alfileres entre los labios, ajustando la cintura del vestido con manos rápidas—. Casi termino. Mara se quedó quieta frente al espejo de tres paneles, apenas reconociendo su propio reflejo. El vestido caía exactamente como en la fotografía que Clara le había mostrado meses atrás, la línea limpia abrazando su figura sin ningún exceso innecesario, la tela suave contra su piel de una manera que la hacía sentir, por primera vez en mucho tiempo, completamente ella misma. —Cómo se ve —preguntó Clara desde el sofá, sin poder contener la impaciencia en su voz, sus piernas cruzadas y descruzadas repetidamente en un gesto nervioso que a Mara le pareció entrañable. —Todavía no puedo verte —dijo Mara—. La cortina sigue cerrada. —Eso es una crueldad innecesaria —dijo Clara—. Llevo horas esperando este momento. La costurera terminó de ajustar el último alfiler y dio un paso atrás, satisfecha con su trabajo, sus ojos recorriendo cada línea del vestido con la aten
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