Ella despertó antes que él.
La habitación estaba oscura, salvo por una fina línea de luz gris en el borde de la cortina. Lo primero que se oyó fue el sonido del mar. Luego, la frialdad del aire, ese frío que se colaba por las viejas paredes de piedra incluso en una habitación con calefacción, ese frío costero tan particular, diferente del frío urbano porque traía consigo sal y movimiento.
Se levantó en silencio.
Se puso la ropa más abrigada y fue a la cocina.
Preparó café.
Lo llevó afuera, a la