El lugar que había reservado era pequeño.
No un hotel. Una casa. Una casa de piedra en un acantilado sobre el mar, perteneciente a alguien que la alquilaba ocasionalmente y la había amueblado con la calidez práctica de quien la usaba y entendía sus necesidades.
Dos habitaciones. Una sala principal con chimenea. Una cocina con una ventana que daba solo al cielo y al mar. Una mesa de madera en una terraza, inutilizable con el viento veraniego, pero en marzo, al abrigo del acantilado, era perfecta