Llamó a las once y media.
Ella estaba en su escritorio en el departamento, en medio de un documento en el que llevaba una hora trabajando, cuando el teléfono se iluminó con su nombre.
Contestó de inmediato.
—¿Qué tal? —preguntó.
Una pausa.
No la pausa larga de algo que había salido mal. La pausa más breve de alguien que organiza lo que quiere decir.
—Difícil —dijo él—. Y necesaria. Ambas cosas por igual.
—Cuéntame —dijo ella.
Lo oyó respirar.
—Parecía más pequeña —dijo él—. De lo que esperaba.