A la mañana siguiente desperté antes que Enzo.Me quedé quieta en la cama, fingiendo dormir, mientras él se levantaba, se duchaba y se vestía. Lo observé por las pestañas entrecerradas: cómo se ajustaba la corbata, cómo se peinaba el pelo hacia atrás, cómo se miraba en el espejo con esa seguridad que ya empezaba a resquebrajarse.Cuando salió de la habitación, esperé diez minutos más. Luego me levanté despacio. La cabeza todavía me dolía, pero el dolor ya no era enemigo. Era combustible.Bajé a la cocina. Carla estaba preparando café. Me miró con esa falsa preocupación que ya conocía demasiado bien.—Buenos días, Laila. ¿Cómo amaneciste?Sonreí débilmente, como si todavía estuviera confundida.—Un poco mejor… pero todo sigue borroso. ¿Tú eres… Carla, verdad?Ella asintió, aliviada.—Sí, soy yo. No te preocupes, todo va a volver poco a poco.“Poco a poco”, pensé.Claro que va a volver. Pero no como tú crees.Enzo bajó minutos después. Me besó en la frente, me sirvió café y se sentó fre
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