Esa misma noche, después de que Enzo bajara las escaleras como alma que lleva el diablo, me quedé en la cama con los ojos abiertos, mirando el techo. El corazón me latía fuerte, pero no de miedo… sino de excitación.Por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba ganando.Escuché voces abajo. La de él, alterada, baja y urgente. La de Carla, más calmada, intentando controlarlo. No lograba entender todo lo que decían, pero capté algunas palabras claras: “recuerda”, “video”, “peligro”, “hay que hacer algo”.Sonreí en la oscuridad.Que hablen. Que se desesperen. Mientras más hablen, más errores van a cometer.Me levanté con cuidado, aún fingiendo que me dolía todo el cuerpo. Fui al baño, encendí la luz tenue y me miré en el espejo. La mejilla izquierda estaba roja, empezando a hincharse. Perfecto. Esa marca era mi nueva prueba.Saqué mi teléfono (el segundo, el que ellos no conocían) del doble fondo de mi neceser y grabé un pequeño video de mi cara. Hablé en voz muy baja:—29 de abril.
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