Me quedé en el marco de la puerta sin saber muy bien qué hacer. Mauricio, desde el otro lado de la habitación, me observaba invitándome con la mirada a entrar.¿En serio pensaba que yo era tan ingenua para no darme cuenta de que todo aquello era un ridículo plan para sacarme información? Pero el hombre pareció leer mis pensamientos: avanzó hacia donde yo estaba y me tomó por los hombros, apoyando sus cálidas manos sobre ellos. — Lo entiendo, ¿sabes? — me dijo — . La sensación de sentirte perseguido todo el tiempo, cada cosa que pasa en tu vida es un enemigo intentando atraparte. Deja de correr, Astrid, solo siéntate y cena conmigo, por favor.Cuando se alejó, entonces avancé lentamente hacia la habitación. Había un bonito olor a canela y la cena realmente se veía deliciosa. — ¿Dónde pediste esta comida? Se ve buena.El hombre sonrió sentándose hacia el otro lado de la mesa. — De hecho, yo mismo la preparé. — ¿Tú? — me sorprendí — . ¿Tú la preparaste? — ¿Te parece difícil de cre
Leer más