El sonido en la puerta golpeó nuevamente. Todos los que estábamos reunidos en el lugar contuvimos el aliento, menos Mauricio. El hombre era firme; levantó el mentón mientras observaba la puerta, como si pudiera ver a través de ella a la persona que estaba tocando al otro lado.Y después murmuró a través del radio: — ¿Quién está afuera?Sabía que le hablaba a los vigías, a los que supuestamente debían estar en la parte alta de la fábrica, de la bodega o lo que sea que fuera ese lugar, para observar que nadie sospechoso se acercara. Pero al otro lado no hubo más que silencio como contestación. — Yuan — dijo Mauricio, girando apenas — , oscuro cabello, estoy seguro. Nadie me siguió. — Pero si no te siguieron a ti, entonces ¿a quién? — dijo Michael desde donde estaba.Y, por sus recientes heridas, podía ver con claridad lo joven que era. Tal vez había tenido que madurar a la fuerza, pero ahí, frente a mí, yo no vi más que a un muchacho, con un ojo entrecerrado por el golpe, moretones
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