98° Abrazo.
La puerta no se abrió de golpe, ni con violencia. Se abrió con una especie de urgencia contenida, como si quien estuviera del otro lado no quisiera llamar más la atención de la necesaria. Todas las miradas se dirigieron hacia ahí de inmediato, armas incluidas, tensas, preparadas para reaccionar.
Pero no fue un enemigo el que apareció.
Fue Santiago.
Estaba despeinado, con la ropa aún marcada por el frío del congelador y el caos de la huida. Sus ojos, aunque ya no estaban hinchados como antes, se